William Layton tuvo la culpa

By 9 febrero, 2013Blog

Redescubrir a gente importante y hacerlos de la familia es uno y dúo a la vez. William ya era de la familia gracias a mi hermana. Fueron esos años en los que la ilusión la llevó a conquistar Madrid para no volver.

Cambio de ritmo, mi hermana se iba a Madrid, como las grandes. Esto se quedaba pequeño para ella. Al principio no me importó, después si y me sigue importando.

Parte de la culpa seguro que es de él, de William.

Terminar Arte Dramático en una ciudad de provincias es lo que tiene y no digo que ser de provincias este mal, sólo que es lo que tiene. Terminó y por arte de magia una escuela de teatro, prueba de acceso y ya está, se iba a Madrid. Se iba a William Layton Laboratorio de Teatro.

Me alegré. La extrañé, pero me alegré.

Para ella se traducía en una oportunidad, para mí en llegar a casa de los papas por la noche de borrachera y no echar el cerrojo de la puerta de la calle por sí venia después de que yo lo hiciera. Aquello de no echar la cerradura era una especie de código secreto para  que no hiciera ruido con el sonido del correr el pestillo. A nadie en casa debía interesarle nuestra hora de llegada. ¡Que ingenuos! Mamá siempre lo escuchaba, aunque esto lo descubrí años más tarde.

Poco a poco fui descubriendo lo que hacia y lo importante que era para ella. La veía contenta, haciendo lo que quería y el tal William me fue cayendo mejor.

Fueron esas primeras navidades en las que mi hermana venia de Madrid, cuando cayo en mis manos por primera vez el libro del amigo William Layton ¿Por qué? Trampolín del actor. Leerlo y no enterarme de casi nada no me sirvió para mucho, pero si para saber a lo que se dedicaba mi hermana y seguir justificando internamente el no echar el cerrojo.

William era yanqui aunque no lo pareciera.

A la gente que vive así es mejor conocerla de fin a principio y no al revés.

William dejo de vivir porque no quería ver su deterioro. Dejó todos los asuntos atados antes de quitarse del medio, incluida una carta de disculpa a la persona que cuidaba de su casa que a la postre sería la que lo encontraría sin vida.

Desembarcó de joven en Normandía en la segunda guerra mundial y una granada le explotó, gracias a lo que en parte estaba sordo. Sordo del oído, no del corazón, no del teatro.

La mayoría dicen que fue el introductor de método Stanislavsky en nuestro país. Llegó aquí persiguiendo a Lorca y se quedó

Lo hizo todo, trabajó con los más y creo una escuela. Lo hizo todo. Pero a pesar de eso lo que más me llama la atención es el desenlace elegido de su vida. La dignidad elevada al grado sumo, el no querer vivir para subsistir, el pensar que todo esta dicho…

Todos lloraron su perdida cuentan las crónicas.

Impresiona leer a Rosa Montero en su artículo Heroicidad cuando dice:

 …surge de cuando en cuando un comportamiento sustancial, una presencia sólida. Como la del dramaturgo William Layton, que acaba de suicidarse con 82 años: no porque estuviera solo, no porque estuviera deprimido, sino para escoger con dignidad el momento de irse, antes de la senilidad, antes de dejar de disfrutar del mundo. Hace falta amar mucho la vida para hacer algo así: este tipo de suicidios consecuentes son una celebración de la existencia. La heroicidad que está a nuestro alcance, la que nos corresponde, consiste justo en eso: en vivir y morir con integridad. En ser riel a tus circunstancias y a ti mismo y rozar así la auténtica belleza.

EL PAIS 4 de julio de 1995

Después de leer su vida, sus notas, su obra y oír a gente hablar de él, William me cae muy bien. Ya no le culpo de nada. Todo se lo he perdonado. Aunque a veces me gustaría echar el cerrojo de la puerta y pensar que mi hermana no vive en Madrid sino que está siempre a la vuelta de mi esquina. Para mí ella no se ha ido, aunque sé que hace más de 18 años que vive fuera de Córdoba.

– De todas formas está noche tampoco cerraré la puerta del todo por si acaso vienes más tarde que yo y así no haces ruido, ¿vale Noelia?.

 Lo que escribieron de William Layton

PD: tanto teatro, me ha dado de piano y chelo…

Agnes Obel – Smoke and Mirror

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