Mi biografía PARTE XXIII

By 20 diciembre, 2012Blog

Los kioscos de la música no son albergues.

Escuchas música a todas las horas, mientras pocas de ellas duermes en una tienda de campaña.Zona festival. Comes bocadillos, tapas y manjares de todo a cien en puestos con ruedas. Zona festival. Sales a extrarradio de la población en cuestión, es decir, 15 metros desde el kilómetro cero de la plaza de Alburquerque. Zona periferia.

Descubres que en la esquina hay una freiduría que, en todos los años que llevas visitando el pueblo no habías localizado. Un universo de mundo fritanga, de bebidas espirituosas, de pizarras con precios económicos, con carteles de impresora improvisados para la ocasión con ofertas irresistibles.En estas, te hallas dentro del establecimiento haciendo la selección más oportuna para los gustos más refinados de los tres comensales en cuestión. Chavalitos con camisetas de sus grupos preferidos, invasión de colores y ropa retro. Sr. Guego, Sr. Carlitos y el menda.

Tiemblen los críticos de las estrellas Michelín, no por el gusto, sino por las dimensiones hinchables que los estómagos adquirirán.

La duda mató al agónico, la duda mató al indeciso, ¿o no?.

Croquetas punto de encuentro. Tres paladares acordando comprar texturas enharinadas, reminiscencias de comida de mamá. Tres tipos a elegir, de jamón, de queso y de atún. Situación:

-Comensal: ¿Cuántas trae la ración?.

-Miss freidora: 10 croquetas.

Momento cómplice de miradas preguntonas.

– Comensal: pon una de cada.

– Miss freidora: Entonces una ración de croquetas de jamón, otra de queso y otra de atún. ¿algo más? ¿de beber?

– Comensal: Yo Cerveza, tu ¿cerveza?, tu ¿cerveza?. Tres cervezas.

– Miss freidora: Tardan un poquito.

 Nos miramos aceptando la espera y con una sonrisilla en la cara, pensando los tres ¿nos habremos pasado?. No hay miedo.

Una vez servido el festín en recipientes plateados propios de comida espacial, nos dirigimos a los escalones de la calle que va al castillo. Sentados en el suelo compartiendo risas y cervezas fueron cayendo las 30 de Alburquerque.

Desplazarse unos metros y encontrar un bar no es difícil en el pueblo extremeño. Tres minutos y bar de la plaza, vemos a Alaska en la terraza alternando con Alex de Cooper, nos metemos en el bar de al lado.

Tres beefeater tónica con un poco de limón, tres beefeater más y otros tres más. Son digestivos, dice el personal. Supongamos que lo son, porque sino… Nos atrincheramos en el bar hasta tal punto que el camarero nos ofrece las sobras de jamones que estaba partiendo en una degustación un hombre de negro. Finalizado el festín de cometerneras y sobras de jamón nos encaminamos a la entrada del festival. Enseñamos pulsera y para dentro.

Conciertos y mas conciertos y una sucesión de cervezas, comida rápida en la calle para cenar, más conciertos, un poco de mercadillo pop y empieza a aparecer el cansancio mezclado con una colección de engrudos enharinados, cometerneras con limón  y perritos calientes de caravana de feria dando vueltas en la tripa.

Sr Guego y yo decidimos darnos un respiro yendo a la plaza del pueblo, a descansar un rato. Caminamos a contracorriente de la gente que acude en masa a escuchar a una indieestrellapop del momento. Logramos llegar a la plaza del pueblo  y descubrimos el kiosko de la música donde allende los tiempos tocaría la orquesta municipal. Encaminamos el paso hacia el templete y allí decidimos “tumbanos un ratito”, para descansar las piernas, para hacer la mega digestión nos decíamos.

Caímos dormidos como pelotas en el suelo del templete rodeados de gente. Descanso merecido, eso sí, entre medias de los dos festivaleros, mi móvil con la alarma puesta para no quedarnos dormidos.

Dos horas más tarde sonó la alarma, 4 de la mañana y desorientación general. Mirar hacia arriba y ver una estructura de hierro pudelado, hace que no sepas donde estás.  Sorprendentemente nadie nos quito el telefono puesto en el suelo, tampoco desapareció nuestro bolso de Heidi donde guardábamos nuestros tesoros.

Levantarse, desempolvarse y volver a los conciertos fue todo uno. La noche no decayo y de hecho aumento…

Al final de toda la anécdota, lo que realmente saqué en claro fueron dos conclusiones:

Conclusión uno, buena gente en Alburquerque

Conclusión dos, los kioskos de la música no son albergues, pero en Alburquerque deberían serlo.

Con el tiempo no recuerdo si esa noche empezó con Lentejas los viernes…pero esa noche se nos pasó volando.

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